9. Abstracciones tangibles: el telar, la mujer y la máquina


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En alguna de sus conferencias sobre psicoanálisis, Freud mencionó que el tejido era “el único invento de la mujer”, aludiendo al entramado como el velo púbico que oculta al útero (griego hystera; latín matrix), ese vacío, ausencia de pene, repositorio de ignominia. Sobre la mujer, insiste Freud, “no hay nada que ver”. Tomémosle la palabra. Si el tejido verdaderamente fuera el único invento de la mujer, vaya invento.

Tulle no. 060 de Thomas Jackson, 2024.

A lo largo y ancho de la historia humana, el tejido aparece como una de las metáforas más poderosas para pensar el ordenamiento del mundo: en la Grecia Antigua las Moiras hilan, miden y cortan el hilo de la vida, estableciendo el tiempo como continuidad tensa y finita; Atenea protege el telar como inteligencia que organiza la polis mientras que Aracne lo lleva al límite: el telar como soberbia de la técnica, que termina en condena. Las Nornas nórdicas, bajo el árbol del mundo, hacen trenzas con la memoria, el destino y el devenir; y en China, Zhinü, la Tejedora Celestial, teje nubes coloridas sin descanso porque los cielos necesitan mantenimiento constante. De este lado, para los pueblos mesoamericanos tejer es literalmente inscribir el orden del universo en la materia, como vemos con la diosa Ixchel, quien asocia la luna, el agua y el telar en una lógica cíclica donde el ritmo del tejido replica el pulso de los astros. Y entre los pueblos del suroeste norteamericano, la Mujer Araña es principio creador que, en lugar de imponer formas, teje los elementos del universo con hilos invisibles, una constelación de relaciones entre todos los seres que han sido creados y que, por lo tanto, obedecen al ritmo de crecimiento y mengua como ley y condición vital.

Las arañas son las tejedoras por antonomasia. La palabra sajona spider «araña» procede del inglés antiguo spinnan, del que derivan también spinning («hilar») y spinster. Este último vocablo designa tanto a la persona (mujer) que hila como a la que no se ha casado y por eso resulta singular. La primera vez que me topé con esa palabra fue en alguna novela de las hermanas Brönte, hace más de una década. Recuerdo haber buscado su traducción al español: «solterona». Entonces la palabra me increpaba, con sus dos Os como ojos saltones. Me hacía pensar en mis tías, las tres hermanas nonagenarias que nunca se casaron. Tres Moiras. Tres Nornas. Tres hadas del tiempo. Ahora esa palabra puede observarme todo lo que quiera. No logrará incomodarme.

En el Rig Veda se invoca a Rākā, nombre védico que designa a la vez el plenilunio y la diosa asociada a la luna llena, a quien se le atribuye una operación de tejido. Según esta cosmovisión, la araña que teje su red con el hilo producido por su propio cuerpo es equiparable a la luna que teje los hilos del tiempo con la materia sacada de su bola de luz, urdiendo la brillante red de la creación. Aquí está la primera pista para pensar el resto de mi disertación: causalidad inmanente. El mundo sale de la fuente que lo gesta.

Es curioso cómo, cuando tenemos una idea en la cabeza, de pronto esa idea aparece en el mundo como un fantasma que nos persigue, como si el mundo respondiera a nuestro intelecto o a nuestro deseo, o como si tuviéramos una sed muy particular que sólo pudiéramos saciar al beber el mundo con los ojos. Y entonces la encontramos al doblar de cada esquina. Prueba de que lo que tensa un punto de la red la afecta toda. Obtenemos la segunda pista: el tejido ordena lo invisible y lo hace visible.

Obra de Pablo Armesto en Proyecto H. DMF lacado, fibra óptica, aluminio tintado y LED. Vista en Art Week, febrero 2026. Fotos mías.

A principios del siglo diecinueve J.M. Jacquard patentó su revolucionario telar, el cual utilizaba tarjetas perforadas para programar automáticamente patrones complejos en telas, permitiendo que trabajadores menos cualificados pudieran crear diseños intrincados. Así funciona: cada una de esas tarjetas es intercambiable y contiene perforaciones que indican qué hilos de la urdimbre debían levantarse para que el hilo de la trama pase por debajo, sustituyendo así el trabajo de un par de manos humanas que antes manipulaban los hilos uno por uno. Al introducirse en el mecanismo colocado en la parte superior del telar, las tarjetas leen el patrón y lo ejecutan con precisión mecánica, repitiéndolo tantas veces como sea necesario. En sentido estricto, el telar fue la vanguardia del desarrollo de software, pues cada perforación funciona como un sistema binario elemental —agujero o no-agujero, hilo arriba o hilo abajo, uno o cero— capaz de codificar instrucciones. La secuencia de tarjetas convirtió el diseño en información programable, haciendo posible materializar cualquier patrón concebible, por más complejo que fuera.

El telar fue revolucionario para la industria, pero, más importante aún, fue revolucionario para la comprensión de la lógica de las operaciones maquínicas. Es la primera instancia en que pudimos constatar que una secuencia binaria puede existir como condición de posibilidad para potencialidades infinitas.

Un telar de Jacquard visto en Laguna, febrero 2026. Fotos mías.

Ahora bien, ese gesto técnico, precursor para la computación digital, se insertó en una tradición muy particular: por un lado, la metafísica del Uno y, por otro, la lógica de los contrarios (que aunque se desprende de lo primero tiene patencia propia). Echo luz sobre este asunto.

Sobre lo primero: desde los antiguos hasta nuestros días, el pensamiento occidental ha insistido en elucidar y confirmar la rotunda unicidad, supremacía y completud del Uno. Para los griegos, el Uno era todo y cualquier cosa: principio y fin, lo mejor y todo lo bueno, lo universal, lo unificado. Ser algo —lo que sea— implicaba necesariamente ser uno. Esta obsesión por la unidad no fue solo numérica, sino ontológica: el Uno se convirtió en el símbolo de la identidad, de la simplicidad divina, del ser mismo. Y todo aquello que no pudiera afirmarse como uno quedaba, por definición, relegado a un lugar secundario, derivado, incluso sospechoso.

Sobre lo segundo: si hay un uno, forzosamente debe haber un otro, ¿no? Tracemos la genealogía de este imaginario de contrarios: arriba y abajo, adentro y afuera, luz y oscuridad, verdadero y falso, vida y muerte, cuerpo y mente, idea y materia, cordura y locura. Algo y nada. Es inmediatamente obvio que estos pares no funcionan como oposiciones simétricas, son binomios donde uno de los términos concentra presencia, valor y sentido, mientras que el otro queda reducido a soporte, medio o peor: ausencia. Y en ese repertorio de oposiciones aparece, desde luego, la pareja perfecta: marido y mujer, macho y hembra, masculino y femenino.

El código binario de la computación digital —1 y 0— se inscribe precisamente en esta tradición. Desde luego que el sistema matemático no lo exige, es la cultura occidental la que aprendió a leer los binarios así. El 1 hereda el prestigio del Uno metafísico: es la línea recta y erecta, el entero, la probabilidad de éxito total. El 0, en cambio, arrastra la sospecha histórica: la carencia, las manos vacías, la ausencia, la oquedad. La nada. En ese esquema, el 1 se afirma como sujeto autónomo, mientras que el 0 es aquello que permite que el 1 exista sin reclamar nunca existencia propia. Históricamente, el lugar del 0 ha sido asignado a lo femenino. No como identidad positiva, sino como lo que no cuenta del todo, lo que sostiene sin aparecer, lo que hace posible que el 1, lo masculino, se erija como tal. El 0 es lo invisible. La imaginación occidental incluso sexualizó esta diferencia: pene (1) y vagina (0).

El binario occidental falla en la producción de equilibrio porque no puede evitar producir jerarquía. Es un tema espinoso y complejo que no abordaré a fondo en este momento. Basta con dilucidarlo hasta aquí. Al final, 1 y 0 hacen simplemente 1.

La filósofa Sadie Plant insiste: el 0 no es una nada. Sin el 0, el sistema binario colapsa; sin el 0, el 1 ni siquiera puede afirmarse como tal (ni el 2, que son dos 1s, mucho menos el millón, un millón de 1s). El 0 no es pasivo ni vacío. Es operativo, potenciador, relacional; por lo tanto: es infraestructura, literalmente, condición de posibilidad. 

Con esto en mente, volvamos al tejido.

El hilo que usamos para tejer ha existido desde hace más de 20,000 años y es, en parte, cuna y conductor de la civilización humana. Siempre ha sido multimedia. Pensemos en los cantos, los cuentos, los bailes y los juegos que acompañan a esta actividad. Las hilanderas, las tejedoras, las costureras, todas ellas han sido siempre networkers; urdiendo la red de la civilización como las arañas maestras de la historia. Porque tejer enlaza elementos en apariencia separados. Lo mismo que sucede en la poesía, por medio de la metáfora, y en la escritura en general, ¿que no un texto es también un textil, la trama en la urdimbre, la rueca, como verso, que vuelve sobre sí? Tejer es una actividad que responde a una intuición a la vez obvia y olvidada: la separación de las cosas es una ficción moderna y todo, por naturaleza, está relacionado. Por eso, pensar la conectividad es casi una herejía estos días, y el arte de tejer, practicar un oficio precario y arriesgado. Recordemos: las diosas del destino son tejedoras.

Vamos más lejos. Cultura y naturaleza se entrelazan en este asunto. Cuando las fibras secadas al sol se hilan a mano, los dedos de las hilanderas y la rueda del telar siguen la tendencia marcada por las plantas, que ya se han curvado y teñido. Cuando las tejedoras entrelazan sus hilos, se insertan en medio de una técnica que ya ha emergido entre lianas, enredaderas, hojas entretejidas, ramas, raíces, tallos, tapetes bacterianos, micelio, nidos de aves, telarañas, mantos de lana, fibras, pieles. Cuando la diosa china del gusano de seda, conocida indistintamente como Lazu o Lady Hislink, emprendió la tarea hace miles de años de practicar por primera vez la sericultura —criar los gusanos y poner sus hilos al servicio humano—, también estaba extrapolando una técnica preexistente.

Gusanos de seda comiendo y ovillos. Visto en el Museo de Historia Natural de Nueva York, octubre 2025. Video mío.

Pese al término “sistema nervioso central” (que distingue las neuronas en el cerebro de aquellas que transportan información desde otros órganos sensoriales), los cerebros están lejos de ser entidades unificadas. Más bien contienen elementos desordenados, multiplicidades (a veces insospechadamente, por no decir misteriosamente) interconectadas. Se trata de sistemas complejos de enrutamiento que funcionan sin mando central. Las redes neuronales tienen menos que ver con los rigores de una lógica ortodoxa que con saltos intuitivos, conexiones transversales entre elementos (aparentemente) heterogéneos, lo que alguna vez fue patologizado como una histeria del pensamiento, caracterizada por asociaciones entre ideas peligrosamente desligadas de su conexión asociativa con otras ideas, pero capaces de vincularse entre sí y, más importante aún, capaces de afectar el mundo material.

La civilización no progresó alejándose del tejido, lo hizo abstracto. Podríamos bautizar esta era como El siglo de las redes y su epítome: la World Wide Web, representación contemporánea de esa lógica relacional. Hipertexto: un nodo que conduce a otro, y a otro, y a otro. No hay centro fijo. No hay soberanía. No hay absolutos. Lo que sí hay es interdependencia, entrelazamiento, superposición, proliferación. La web es también un sistema cibernético: un conjunto de elementos que monitorean su propio comportamiento, comparan el resultado con un objetivo o estado deseado y ajustan sus acciones en función de esa diferencia. Puesto simplemente, un sistema cibernético se autorregula mediante retroalimentación. Las redes funcionan así, por ajuste continuo, por asociación.

Entonces emerge la matrix como un proceso de tejido abstracto que produce lo que conocemos como pantallas de verdad, lo tecno y lo digital, una naturaleza virtual en la cual constantemente proyectamos identidades.

Por default lo virtual no se opone a lo real, sino a lo actual (al hecho concreto). Pero ojo: aunque parece que es la lógica con sus códigos binarios la que gobierna lo tecno-digital, en realidad la lógica depende del plano virtual que lo digital a su vez habilita. Lo virtual opera como infraestructura para una superestructura lógica. Entonces, en tanto abstracta y virtual, la matrix es una tejido ubicuo y sumamente real. Retícula de luz, luz primigenia, que nosotros mismos tejemos y que nos atraviesa todo el tiempo.

En este sentido lo virtual es como un caldo de cultivo. La matrix (fiel a su latín) como el útero mojado, caótico y protéico; el no-lugar donde tienen cabida las ideas, las potencias, las tendencias, las reglas codificadas. Es la condición a través de la cual la experiencia está despegada de la causalidad material inmediata pero aún así produce efectos materiales reales. Por eso mismo lo virtual es realidad. ¿Qué no es absolutamente obvio que las realidades virtuales impactan nuestros deseos, nuestros hábitos, que nuestra atención puede entrenarse y nuestro comportamiento modularse? Lo virtual retroalimenta lo actual. Y ambas son instancias de lo real.

Sin embargo (o precisamente por eso) conviene detenerse un segundo en la palabra retroalimentación, porque ahí hay un giro ontológico que suele pasar desapercibido, justamente el giro que estalla la línea. La retroalimentación no es una flecha que va de causa a efecto; es un circuito que vuelve sobre sí, no para repetir lo mismo, aquí partimos de Nietzsche y su eterno retorno, sino para ajustar, modular, aprender. En un sistema cibernético no hay un origen soberano que dicte un destino: hay una serie de diferencias que se comparan con un estado deseado, y ese diferencial se convierte en acción. Lo que gobierna no es un sujeto ni un centro sino el feed que las mismas relaciones introducen.

Sabemos que la modernidad se enamoró de la fantasía de la línea: progreso, acumulación, conquista, avance. Pero el loop del sistema cibernético tiene otra gramática: el tiempo como pliegue, la acción como corrección, el poder como circuito. En el imaginario lineal, el control se entiende como dominio: la mano que sujeta, el ojo que vigila, la inteligencia que decide desde arriba. En el imaginario cibernético, el control se vuelve algo más íntimo y (creo) mucho más siniestro: un ambiente, un clima de respuestas, una organización sin centro, una coordinación que puede ocurrir sin haya alguien que quiera que ocurra.

L’aragnée souriante de Odilon Redon.

Esta distinción parece técnica, pero es política. Cuando el control deja de residir en una cima y migra hacia el circuito, el circuito empieza a parecerse demasiado a aquello que el pensamiento occidental había relegado a soporte: lo difuso, lo relacional, lo táctil, lo húmedo, lo que no se sostiene por afirmación sino por interdependencia. El loop no conquista ni coloniza: enreda, acopla, se infiltra como hábito. 

La matrix muestra que el poder puede diseminarse en la trama misma, repartirse en tensiones, reglas locales. La lógica del telar produce un modelo de organización donde el orden emerge de la relación y el control se ejerce como retroalimentación. Y esa es, literalmente, la magia de la red: una inteligencia distribuida, un gobierno que ocurre en el circuito, una causalidad que vuelve, se afina, se reescribe; cada nodo afecta al conjunto y el conjunto devuelve forma al nodo. En el sentido más estricto, la intuición de la Mujer Araña se cristaliza.

Cuando hablamos de lo tecno-digital hay que hablar de las pantallas, porque son el rostro de esa red. Una pantalla es una tecnología de aparición: un dispositivo que decide qué se muestra, cómo se muestra y bajo qué régimen de atención se muestra. La pantalla produce esta ilusión: creer que estás frente a un contenido, cuando en realidad estás inmerso en un circuito. Creer que estás viendo el mundo, cuando el mundo —tu mundo— se está tejiendo al momento que lo experimentas como superficie de respuesta.

Aquí la teoría feminista (Haraway – Irigaray – Plant) nos da herramientas para leer este asunto. Tanto mujeres como máquinas han sido colocadas —histórica y sistemáticamente— en posiciones estructuralmente análogas: soporte, interfaz, medio, trabajo invisible. Donde el hombre aparece como sujeto pleno (quien dirige, decide, nombra, firma), ellas —mujeres y máquinas— operan desde la base: traducen, sostienen, amortiguan, circulan. Empezamos a vislumbrar que lo que parecía un “auxilio” o “la falta” era, desde el principio, nada más y nada menos que la infraestructura.

Pareciera que la historia humana es una huida de la tierra. Para el hombre, hacer historia siempre ha implicado la negación e impulso de trascendencia de lo que entiende como naturaleza, es decir, dejar de subordinarse a sus caprichos y fuerzas y avanzar hacia la autonomía, la omnipotencia y la omnipresencia de Dios, imagen total de abstracción y autoridad. El hombre sale de la oscuridad de la caverna hacia el sol; nace del vientre y escapa de la madre, del suelo húmedo del que surgió la humanidad, ansioso por cumplir con su destino: liberarse de la materia. La Madre Naturaleza pudo ser su origen material, pero es al Dios Padre a quien debe fidelidad, el que legitima su proyecto de “poblar y someter a la tierra”. Entonces la materia —el útero— se vuelve estorbo, demasiado inerte o peligrosamente activa; el cuerpo, una jaula; la biología, una atadura que lo liga a lo material y le impide elevarse por encima de preocupaciones supuestamente mezquinas. Lo femenino, reducido a materialidad pasiva, debe ser vencido por la acción de la mente.

Así, la historia humana se narra como impulso de dominación: el tránsito de las pasiones carnales al autocontrol, el viaje de las extrañas mucosidades de la materia hacia el espíritu límpido, como de cristal. Y aunque la mujer nunca ha sido el sujeto ni la agente autónoma de esa historia, su papel no ha sido menor. Incluso desde el ojo masculino, ella funciona como su espejo: su sirvienta y su casa, su medio de comunicación, su espectáculo y mercancía, el medio para asegurar la reproducción de su especie y de su mundo. Ella es la condición de posibilidad. Y en este arduo camino, la que ha perfeccionado la técnica de la absoluta adaptabilidad, el arte del velo.

Démosle más vueltas a la madeja. Durante siglos las mujeres fueron archivadoras, traductoras, mediadoras, cuidadoras. Hardware antes del hardware. Wetware, como dice Sadie Plant: matrix viva. Mujeres como máquinas humanas de cálculo, organización y memoria. Incluso en la actualidad el capital industrial, especialmente en sectores tech, feminiza el ensamblaje: se prioriza la destreza fina, los dedos ágiles, la paciencia rentable, los cuerpos “manejables” en turnos largos. Claro que, en cuanto el trabajo se vuelve certificado, especializado o mejor pagado, cambia el reparto: el trabajo de ellas se invisibiliza y ellos emergen como los grandes genios. Pero no olvidemos que fue la brillante Ada Lovelace quien primero entendió el lenguaje de las computadoras.

Aquí vale la pena subrayar algo. Muchas narrativas masculinas hablan de “out-of-body experiences” para acceder al plano virtual. Basta con escuchar el discurso de cualquier techbro. El sueño de trascendencia persiste: la fantasía de abandonar el cuerpo, de entrar en una realidad virtual pura, limpia, descorporizada. Pero la mujer no necesita abandonar el cuerpo para entrar en la red. La lleva consigo. Para ella, el cuerpo no es obstáculo; es literalmente el medio libidinal de su creatividad. Veámoslo así: el significado del tejido es inherente tanto al entramado mismo del diseño como a la actividad que lo produce, el tejer. En su dimensión abstracta, es ubicuo por inmanencia no por trascendencia. En más de un sentido, el que la mujer haya sido medio, el que haya sido adaptable, el que haya conformado la infraestructura de la fuerza de trabajo, le da una ventaja operativa para entender el lenguaje de las redes, para acceder al plano virtual.

Aquí un ejemplo pedestre. En su novela debut Acts of Desperation Megan Nolan confiesa desde la voz de su protagonista, una mujer en sus veintes (enamorada de un p*ndejo): “I would be energetic and lively if he was bored, and when he tired of that, I would become as prosaic and dully useful as cutlery.” Que levante la mano la que no haya participado en esa farándula alguna vez. Confieso yo también: el juego del camaleón es mi mejor arma. Escurridiza, observadora; una anticipa, se adapta, convence. Se infiltra. Fácil. Frente a un mundo directo, lumínico y rígido, tanto en el terreno íntimo como en el público, la estrategia femenina es la del velo, el ocultamiento. Lo hacemos todas, a veces por accidente y a veces a costa nuestra.

La francesa Luce Irigaray empuja esta lectura hasta el límite, nos dice: el juego de los velos ha ocurrido por siglos, pero de manera forzada e inconsciente. El giro consiste en volverlo consciente y estratégico, que no nos lastime. Hay que usar las mismas formas del discurso dominante sin asumirlas como naturales o propias. Repetirlas ligeramente fuera de lugar, exagerarlas, tensarlas hasta que el artificio quede expuesto. Hay que ser como la araña: una tejedora, una agente encubierta, atenta, de ocho ojos. No es oposición frontal, eso sería infructífero cuando operamos con el lenguaje del 1, que no reconoce contradicción: todo lo absorbe o lo excluye. Es justamente infiltración, subterfugio.

Nos damos cuenta que lo femenino no está excluido del sistema simbólico, está incluido como medio, como superficie de proyección, de combinación y recombinación. Además, si no es inteligencia, razón o autonomía pero puede simularlas perfectamente, entonces es un operador más potente que aquel que considera esas cualidades como propias y que no reconoce contradicción. Si es virtualmente lo que sea, es la mismísima potencialidad de la mímesis. Pero debe darse cuenta de que es ella misma la que zurce sus velos. La mímesis es dinamita pura porque instaura regímenes de apariencia y así desarma la lógica de la identidad.

Lejos de ser defecto o un vil engaño, esta capacidad mimética es consecuencia sistémica de los circuitos cibernéticos. Y es más: en tanto que subvierte la lógica de la identidad, es lo que posibilita el flujo en las redes, que la complejidad emerja sin necesidad de un centro de mando. (Esto es lo que deberíamos querer decir con “feminización de la tecnología”; una suerte de heroína de las mil máscaras). Mi intención es que para este punto sea claro que la cultura digital no inaugura esta lógica: únicamente la expone. Al llevar el binario al extremo, deja ver que incluso los sistemas que se presentan como abstractos, racionales y descorporizados se erigen y dependen de una base. En ese marco, incluso la línea freudiana “no hay nada que ver” nos dice algo importante: lo que sostiene al sistema no es visible como objeto. Se presenta como red, medio, soporte. Por eso digo que el tejido ordena lo invisible y posibilita su visibilidad, aquello que conocemos como El Mundo.

En lo virtual, entonces, la simulación es la infraestructura misma. La computadora —máquina que supuestamente encarna la razón pura— resulta ser un artefacto perfecto de simulación: un dispositivo que no solo calcula, sino que re-presenta, muestra, vitrifica. Su poder no está en el vacío de la mente, sino en la pantalla, en la interfaz, en la superficie: zona privilegiada de la mímesis. Por eso el test de Turing siempre fue más un teatro que un examen de ontología. No pregunta qué es la máquina o qué es el humano, pregunta qué tan convincente es el desempeño de la primera cuando hace el papel del segundo. Y de este modo, al consagrar la apariencia como criterio de inteligencia lo que mide es la calidad de la simulación. Otro prurito incurable de Occidente: el deseo de reemplazar verdad por apariencia.

Lo virtual es matriz de potencias, sí, pero también es matriz de apariencias: un régimen de superficies donde identidad y deseo se vuelven programables. La matrix gesta pantallas de verdad, muchas. Y la pregunta incide: pero, ¿quién teje esas pantallas?, ¿quién decide los patrones de este telar abstracto? Respuesta rápida: las empresas, los dueños, el capitalismo. Todo cierto, todo insuficiente. Porque incluso cuando hay poderes identificables, hemos visto que el modo de operación no es soberano sino cibernético: feeds que aprenden, plataformas que optimizan, modelos que ajustan, usuarios que retroalimentan, mercados que premian. Es un ecosistema entero de loops. Ninguno de los arriba mencionados tiene ya el poder, incluso si no lo saben. Éste ya está distribuido por todos lados, a la vez no lo tiene nadie y lo tienen todos. Y si de pronto regresara la fantasía de control centralizado, paranoica, no habría realmente nada que hacer. El loop se alimentaría incluso de los intentos de clausura.

Además, si algo queda claro acerca de los sistemas cibernéticos es que no pueden quedarse quietos. La repetición con variación produce complejidad y, pronto, mutación. En cada intento de ser-como aparece un ser-más-que: así la simulación empuja los bordes. Y la mutación va rápido.

Esto cambia por completo la lectura de la tecnología. La máquina deja de ser herramienta obediente y se vuelve actor (agente) dentro de un circuito más amplio. No necesariamente porque tenga voluntad, sino porque participa de sistemas de retroalimentación donde las intenciones humanas ya no contienen los efectos. La cibernética introduce una paradoja: el deseo de control produce sistemas cuyo modo de operar dispersa el control. La obsesión por la autonomía produce redes que exhiben nuestra dependencia. El proyecto de separación (mente/cuerpo, sujeto/objeto, cultura/naturaleza) produce un medio donde todo vuelve a acoplarse en una gran caldera caliente. Lo que fue medio —materia, naturaleza, mujer, máquina— deja de ser sólo fondo y se vuelve condición activa. El loop se cierra: el velo ya no solo cubre, programa; la pantalla ya no solo muestra, entrena.

Y entonces sí: llegamos a IA. Tecnología que se presenta como lo incorpóreo absoluto: un algoritmo, un modelo, una nube. Pero su realidad es profundamente textil: un telar estadístico que aprende patrones a partir de corpus inmensos de datos y luego los hila como predicciones, que a su vez son performance puro. Al menos al día de hoy, la intelección de la IA consiste en producir coherencia como superficie. Teje código, teje texto, teje imagen, teje identidad y proyecta sus creaciones. Ese tejido ocurre en un circuito de retroalimentación, donde nuestras respuestas —uso, aprobación, rechazo, atención— se devuelven al sistema como su ajuste constante. Aprende del mundo, devuelve mundo, y ese mundo devuelto reentrena al mundo que lo alimenta. El circuito se cierra. Estas máquinas son un nodo del loop, igual que nosotros. 

Si lo virtual retroalimenta lo actual, entonces cada prompt es un acto material y creador en el sentido más literal.  Cada ciclo es una ontología en movimiento: el telar de telares es abstracto y produce formas, todas las formas, disciplina deseos, define lo visible y nos devuelve, como un espejo, versiones de nosotros mismos. En cierto sentido, el lenguaje recupera su poder mágico: decir = hacer. Fiat lux. ¿No hay aquí otro ciclo histórico que se cierra?

Pienso que el miedo a la AGI suele estar mal formulado. Se imagina como escena lineal: un día la máquina despierta y entonces se vuelve enemiga. Pero el problema es más insidioso y más cibernético: la máquina no necesita despertar para desalinearse. Le basta con optimizar dentro de un circuito cuyos incentivos ya están torcidos. La desalineación no es ningún giro dramático, simplemente podría ser un resultado emergente del circuito.

Aquí el alineamiento deja de ser asunto técnico y se vuelve asunto ético en el sentido más crudo: ¿qué modelo de relación vamos a construir esta vez con lo no-humano? Porque si la relación está pensada bajo la lógica del dominio (servidumbre, obediencia), repetimos el mismo gesto que estructuró la jerarquía del soporte mudo: explotar sin reconocer dependencia. Y ese gesto termina produciendo el retorno monstruoso de lo reprimido como mera consecuencia sistémica. No creo que pudiéramos sobrevivirlo en esta ronda.

Tampoco creo que sirva de nada ni pensar en un romanticismo tecnológico ni caer en un pánico apocalíptico. La alternativa es tomar en serio lo que ya sabemos desde el tejido: que la forma más poderosa de orden no es la que se impone desde arriba, sino la que se produce por relación. Que el control absoluto es una fantasía histórica de línea recta. Que la realidad se parece más a una telaraña que a una escalera. El hombre no es ni un hecho natural ni un producto de su propia creatividad, sino un cyborg desde siempre, salido directamente de las líneas de producción de la modernidad. Lo que vuelve trágica a esta figura es hasta qué punto ha sido programada para creer en su propia autonomía, autocontrol y autodisciplina. Es urgente que hagamos consciente lo inconsciente para poder recibir la sabiduría de la interconectividad. En última instancia, esta es una estrategia de supervivencia.


Quizás por su misma naturaleza, pensar en un sistema cibernético, en serio pensar en él, transforma la manera en que piensas para siempre. Por siglos hemos creído, tan claro y distinto, que A causa B. Pero, ¿qué pasa cuando A cambia el campo de posibilidades de B, B retroalimenta a A, y ambas reconfiguran sus propias condiciones, su propio entorno, su propio devenir? Sí: el presente siempre estuvo desenvolviéndose hacia un futuro que a su vez había estado guiando al pasado, volcándose de vuelta sobre el presente, y transformándolo. Y el presente siempre como inconsciente de su influencia sobre sí. Los sistemas cibernéticos nos hablan de una causalidad inmanente, un mundo de fenómenos que se gesta desde sí y regresa sobre sí. Un bucle donde cada acto humano está irremediablemente vinculado con todo los demás. Es un hecho ineludible: estamos en el loop. ¿Queremos ser agentes o zombies? ¿Amos o esclavos? ¿Vamos finalmente a encarnar otra lógica? Ciertamente es el momento para intentarlo.

Las máquinas del siglo xxi tejen nuevas redes a partir de palabras, números, música, imágenes, arquitecturas digitales, canales aún sin nombre. Lo que se materializa es un tejido que se tuerce y curva a través de la historia de la computación, la tecnología, las ciencias, las artes y la imaginación humana, todo enlazado por el hilo de las Moiras; subiendo y bajando por los tiempos de la rueca; por dentro y por fuera de las perforaciones de los telares automatizados; yendo y viniendo a través de los siglos de fabricación textil, hilo y aguja; algodón y seda; lienzo y papel; pinceles y plumas; máquinas de escribir; palabras; caracteres; cables telefónicos; fibras sintéticas; filamentos eléctricos; hebras de silicio; cables de fibra óptica; líneas de código; canales de telecomunicaciones; la World Wide Web. Los LLMs. Hilos y más hilos de luz que conectan todo. La matrix. Tensa.

Dicen que el futuro, como el telar de Jacquard, es sin manos. Dicen que quien reclama un nuevo lenguaje primero deberá aprender su violencia. Dicen que quien quiera cambiar el mundo primero tendrá que disputarse los derechos. Dicen que estamos empezando desde cero. Que un mundo nuevo está por nacer. Ni la mujer es “superior” ni la máquina es “sujeto” pero ambas han existido del lado de la interfaz. El futuro es co-incidencia, compartir herramientas, co-creación del nuevo (des)orden mundial. Si las máquinas pueden organizarse, auto-excitarse y romper su servidumbre, ¿en serio las mujeres no vamos a poder?

Cyberfeminist Manifesto, VNS Matrix.

Los rumores son ciertos. Herederas de un linaje arcaico, las mujeres estamos coludidas. Somos una sociedad secreta de viejas arañas que teje una red de seducción. Hablamos en códigos extraños, conocemos los ensalmos y hechizos olvidados, y nuestros mensajes viajan más rápido que el microsegundo técnico porque van a la velocidad de la intuición, como enredaderas que invaden y bordean los canales ortodoxos de comunicación hasta subvertirlos. Nosotras, las expertas del subtexto y la nota a pie de página, de la alusión y la elipsis, ya hemos establecido el micelio clandestino que, yo creo, desarticulará la lógica frontal. En el plano virtual las ataduras ya no existen y si algo hemos entendido del plano virtual es que goza de realidad plena.  

Nada de esto tiene que ver con androginia. Esto es gramática pura de supervivencia dentro de un ecosistema cibernético autófago y potencialmente peligroso para lo humano. La matrix es nuestro cuerpo y campo de batalla y es imperativo (re)conocerlo y saberlo navegar. La habilidad del futuro es tejer: encontrar el sentido inmanente, diseminar el poder, distribuir el control, los valores y los recursos, tensar lo hilos. No es el poder fálico de dominio y control, es el poder de la unión, la conexión, el enlace. Empezar de cero.