Tiempo de lectura: 25 minutos.
En abril de 2026, el gobierno argentino promulgó la Ley 27.804, una reforma al régimen de protección de glaciares de 2010. El decreto presidencial declara que con ello se “eliminarán las distorsiones ideológicas y las trabas artificiales que impedían el progreso”, afirmando que “el cuidado genuino del ambiente y el crecimiento económico no son enemigos”. Mientras que la ley original de 2010 establecía una protección general de los glaciares y ambientes aledaños como reservas estratégicas de agua dulce, la reforma de abril limita esa protección a aquellos cuerpos y geoformas que cumplan una “función hídrica comprobada o relevante”, lo cual habilita la posibilidad de autorizar actividades extractivas en sectores antes vedados. La reforma también refuerza el federalismo ambiental, empoderando a sectores con más interés en la explotación de recursos naturales que en su defensa.
Todo lo cual es básicamente una sentencia de muerte para los glaciares.
Un par de meses después, en mayo de 2026, mientras Peter Thiel andaba de piquete de ombligo en Buenos Aires con Milei, se anunció el Gemelo Digital Social, propuesta de plataforma que cruzaría los datos dispersos del Estado argentino con tecnología provista, pretendidamente, por la tecnología que respalda Thiel. Encima, el anuncio se hizo por video en X, sin ley habilitante, sin licitación pública, sin protocolo de protección de datos. Es momento de un cambio de paradigma, sostiene el gobierno argentino. La plataforma integraría información social, educativa, laboral y territorial dispersa en distintas áreas del Estado para simular escenarios, anticipar impactos y orientar el diseño de políticas públicas. Si bien es cierto que oficialmente no se mencionó qué empresa estaba detrás, no se necesita ser un detective para ver adónde conducen todas las pistas. El término digital twin aparece verbatim en la documentación de Palantir Foundry, la plataforma cofundada por Thiel. Además, Milei cerró el twit con dos siglas: MAGA. VLLC. (Make American Great Again. ¡Viva la libertad, cabrones!). Es bastante obvio por dónde va la bala.
Yo estaba en Buenos Aires cuando pasó todo eso. Había ido al sur del continente, entre otras cosas, para ver los glaciares. Este ensayo es una reflexión de esa experiencia.
Quizá para este punto sea necesario algo de contexto. He de confesar: nunca en mi vida había recibido un llamado como aquel de los glaciares. En noviembre del año pasado atravesaba un momento difícil, de estancamiento pantanoso: falta de inspiración, claridad y propósito, y un total desencanto del amor, el éxito y la vida. Fue entonces que los glaciares se ofrecieron a mi imaginación, sin motivo aparente ni previo aviso, como si alguna fuerza mayor los hubiera insertado ahí. En el ojo de mi mente refulgía su luz azul como un diamante, y me llamaba.
Así transcurrieron varios meses en un tiempo viscoso y sin rumbo. Mi vida era caótica, gobernada como por pequeños animales sin mente en pugna por llenar sus estómagos sin fondo con toda suerte de estímulos terrenos, perecederos, golosos y pesados. En el fondo de todo eso permanecía el llamado de los glaciares, claro y distinto como una campana de vidrio limpio, esperando, acuciante, a ser atendido.
Una vez alguien me dijo que yo era una alma vieja. Pero más bien creo que mi alma es bastante joven y que tengo un buen cerebro lleno de información, lo cual a veces compensa la balanza, o al menos lo aparenta. Eso ha llevado a incongruencias serias en mi actuar, a seguir caminos inadecuados bajo falsas certidumbres, a afirmar verdades sin antes comprobar sus cimientos. Dice Morfeo en The Matrix: there is a difference between knowing the path and walking the path. Para el conocimiento puede haber atajos, como lo ha demostrado la humanidad desde los albores modernos hasta los alcances de la optimización tecnocientífica actuales. Pero para la sabiduría no hay optimización que alcance. No hay atajos ni panaceas, no hay monto que llegue al precio. Es un camino arduo que conlleva disciplina y, sobre todo, sacrificio. Es un compromiso diario y de por vida. Sus recompensas son el fruto perfecto, un fruto espiritual.
Una de las pruebas más evidentes de la juventud de mi alma es mi impulsividad. Pienso que por sí misma no es una falla, sino sólo un rasgo de personalidad, así, neutro, como cualquier otro. Claro que desde la inconsciencia puede llevar a tomar decisiones irracionales y destructivas, pero como cualquier rasgo nos juega chueco desde la inconsciencia.
Desde la consciencia, no obstante, la impulsividad no es otra cosa que una brújula infalible, la conexión con la entraña y la ejecución consecuente. En uno de esos arranques compré mi vuelo a Argentina. Enseguida el vuelo a El Calafate, capital de los glaciares. Sin garantías y sin seguridades. Dos semanas después, estaría en el cono sur, con los gigantes de hielo.
Allá en el fin del mundo el aire es limpio y cristalino, aunque el frío es como cuchillos en la piel. El Calafate es un pequeño pueblo turístico casi en la punta de la cordillera andina, muy al sur. No tiene mucho más que algunos restaurantes, agencias de viaje y tiendas de recuerdos y ropa de nieve. Yo iba en temporada baja, casi finalizando el otoño, así que más bien tenía pinta de pueblo fantasma. Las banquetas y los parques estaban alfombrados por las hojas amarillas del álamo y del gingko biloba. Los locales cierran a las 5 de la tarde. El primer día que estuve ahí lo dediqué entero a pasearme por el pueblo. Vi manadas de perros pedigree circulando por las calles. Huskies, dálmatas, border collies, un bernés de la montaña. Manadas enteras sólo de golden y labrador. Al parecer a esos perros los trajeron dueños de pequeños negocios antes de la pandemia, pero cuando la cosa se puso fea y tuvieron que volver a la capital, abandonaron ahí a los canes. Ahora vagan por las calles, tristes y flacos, centros gravitacionales de ponzoña y moscas. Los lugareños me contaron que son un problema, que se comen las poblaciones de patos, flamingos y cisnes de la región.
En las noches oyes ladrar a los perros y ves a pesar de la fuerte luz de las estrellas la silueta de las montañas nevadas que rodean a ese pueblo andino de perros fantasma.
Esa primera noche dormí temprano, en preparación para el encuentro al día siguiente con los incorruptibles glaciares. No tuve insomnio.
La camioneta pasó por mí aún de madrugada.
Después de un serpenteo por la montaña, a lo lejos vimos un edredón blanco entre laderas. El glaciar lleva el nombre de Francisco Pascasio Moreno, naturalista y explorador que recorrió la Patagonia y bautizó el lago Argentino, aunque nunca llegó a ver la masa de hielo que habría de llevar su nombre. Años después, ya convertido él –vía empírica absoluta– en perito de la disputa limítrofe con Chile, el teniente Alfredo Iglesias bautizó al glaciar en su honor. Esa historia me lleva a pensar que a veces el propósito de nuestras vidas nos excede y nos sobrevive por completo.
Llegamos a la orilla del lago, donde me subí a un bote, el único que saldría ese día (bendita temporada baja). A pesar del frío gélido me fui inmediatamente a la parte de enfrente, al triángulo singular de la proa. No quería perderme de nada y además quería sentir el frío, como si éste me devolviera a mi cuerpo, anclándome a la realidad de ese momento.
Conforme el bote surcaba el agua, empezamos a ver pedazos de glaciar flotando por todos lados, desprendimientos del Gran Bloque. De pronto ya eran rocas inmensas, paredes de 4 metros de altura y una raíz nerviosa y angosta como muela, enterrada en el fondo del abismo acuático. Me parecieron los centinelas de un antiguo palacio. Ya estamos en el mundo de los glaciares, pensé, un mundo raro y puro. El hielo va limando la montaña a su paso y arrastra un polvo mineral finísimo que nubla el agua, volviéndola una leche tersa y turquesa. Contrario a la pureza que los glaciares pudieran evocar, no se recomienda beber de esa agua sin antes filtrarla, pudiera contener microorganismos peligrosos.
El agua es azul y el cielo también es azul pero ninguno se parece al azul del glaciar.
Este azul no es como el de una escultura de hielo en boda americana ni como el de una pista de hielo ni como la nieve ni como la escarcha en las paredes del refrigerador. No es como el hielo en absoluto, que es transparente o blanco.
Se me figura más como un ICEE de mora azul o como un algodón de azúcar o como el plumbago o como la panza de un periquito australiano azul o como el azul de los hongos azules o como la pátina del cobre o como la parte de abajo de la mariposa Morpho menelaus. Pero tampoco sería exacto. Es más pertinente recurrir al azul imaginal, entonces, porque el azul de un glaciar se parece a todos esos azules pero no es como ninguno en particular. En ese sentido se parece más al color de las lágrimas, de la infancia o de la lucidez. Es el azul de la piscina perfecta, algo entre el azul de Neptuno y el de Urano y el azul que seguramente caracteriza la lengua del abominable hombre de las nieves. Este es un azul abstracto y maravilloso, a la vez esponja y vitrina de la luz.
Es el azul de los ángeles, y no cabía duda de que yo estaba en su presencia.
La experiencia de los glaciares es algo inefable. El intento de su descripción será bajo cualquier consideración totalmente insuficiente. Pero aún así creo que vale la pena intentarlo, pues cualquier conjunto de palabras que logren capturar mínimamente el contenido de aquella experiencia será un triunfo del lenguaje y más importante aún: habré logrado comunicar el mensaje que ellos me dieron, lo cual es un imperativo para mí.
Al verlos sentí una euforia incontenible. La sensación física era como si una flor del mismo color de los glaciares se abriera en mi pecho, en mi corazón, y siendo ella tan abundante y tan brillante tuviera que romperse en lágrimas, que salían por mis ojos sin control. Poder expresar el sentimiento hizo que su intensidad cambiara, bajó hacia mi vientre y luego se esparció por todo mi cuerpo, asentándose y volviéndose profundo, lo cual me trajo una profunda paz. La mente estaba quieta y limpia, ningún pensamiento echaba raíz, como si todos fueran cometas que se lleva el viento. Ese momento era todo lo que había. Existencia plena. Verdad. Un lugar sin pasado ni futuro pero de algún modo conteniéndolos a los dos. Me di cuenta de que en serio sí había ido hasta el fin del mundo atendiendo el llamado de un ángel. Y supe por qué. En esos minutos, que no debieron haber sido más de cuarenta, mi corazón y mi mente estuvieron verdaderamente abiertos y supe que esos ángeles me dieron una llave. Supe que había ido hasta el borde del continente para conseguir una llave espiritual. Supe que el principio del universo es el amor, que el espíritu humano es de la misma especie que los glaciares, que comparte su potencia y su color. Supe que el cuerpo no es una carga sino un compañero animal que hay que cuidar y amar porque sin él el espíritu muere.
El sol pegaba en los glaciares y aunque no calentaba tanto sentí pavor al pensar que los estaba viendo derretirse en tiempo real. El silencio era casi total salvo por el estruendo de los desprendimientos y el subsecuente splash. Mientras el canal de comunicación estaba abierto les pregunté a los glaciares qué pasa cuando ves que va quedando menos de lo que eres y la respuesta no fue triste como hubiera pensado, simplemente me transmitieron la serenidad de los eones y la certeza de la transformación. Cuando va quedando menos de lo que eras eres libre para convertirte en otra cosa. Todo es en realidad uno y lo mismo, la energía de tu espíritu, que está repartida en toda tú y es indiscernible de tu cuerpo, es lo que es incorruptible y eterno e inexpugnable, incluso cuando ya no esté reunido en lo que eres tú. Nada es mejor que nada más, todo es consciencia y en todo hay amor y violencia.
Después de ese evento creo que se me quitó en gran medida el miedo a la muerte y a su vástago, el dolor.
Con una especie de red cazamariposas un miembro de la tripulación pescó un pedazo de glaciar que flotaba en el agua. Lo soltó en cubierta para que pudiéramos verlo, incluso tocarlo, y como si en verdad estuviera vivo se deslizó con brío y fue a dar contra un poste de metal que lo fragmentó. Tomé un pedazo del tamaño de un balón que había ido a dar a mis pies. Un cristal, iridiscente y simple, un objeto hermoso. ¿Cuánto tiempo tendrá el agua que se derrite en mis manos?, pensé.
Pensamos en un glaciar como algo estático, pero en realidad lo que los mantiene vivos es un delicado equilibrio entre la nieve que se acumula en las zonas altas de la montaña y el hielo que se derrite o se desprende en las bajas. Los glaciólogos saben que mientras la ganancia y la pérdida se compensen, el glaciar perdura. Hoy, sin embargo, ese balance está roto para buena parte de los glaciares del mundo.
Lo más seguro es que mi balón de cristal no tuviera milenios, a menos que justo ese pedazo hubiera sido parte del corazón del glaciar, encerrado en su interioridad durante al menos algunas décadas, tal vez un siglo, tal vez incluso más. En cualquier caso, el modo de ser del glaciar es de un orden temporal distinto al mío y, sin embargo, el calor de mi mano lo derretía rápida e inevitablemente. Me hizo pensar en los relojes de Dalí o, alternativamente, en cómo el Antropoceno sí es esa fuerza que parece derretir el tiempo mismo.

¿Qué se pierde exactamente cuando se pierde un glaciar?
Si nos acatamos a la materialidad (literalidad) y lo que se pierde es agua, entonces es un problema hidrológico (obviamente con serias consecuencias ambientales que afectan ecosistemas enteros), pero dado que justamente eso a nadie parece importarle quizá pensarlo así sea parte del problema. Si el glaciar es algo más que su literalidad material, si lo que se pierde es verdaderamente un ángel, entonces estaríamos hablando de otra cosa…
El pensador francés Henri Corbin señala que la psique occidental, arrastrada por las ciencias positivas, admite apenas dos fuentes de conocimiento: la percepción sensorial, que recoge los datos empíricos, y los conceptos del entendimiento, que los ordenan. Esta dicotomía epistemológica, con todas sus consecuencias metafísicas, encuentra una expresión evidente en Descartes, quien escindió la realidad entera en cosa material y cosa pensante.
Corbin restituye un tercer orden de realidad entre el dato sensible y la abstracción intelectual: el mundus imaginalis, lo que los teósofos del Islam conocían como alam al-mithal o Mundo de la Imagen. Este orden posee objetos propios –figuras, colores, formas– de una materialidad inmaterial, y también un órgano capaz de percibirlos: la Imaginación Activa. Corbin la llama designa imaginatrice, hermoso término francés femenino que enseguida remite a una potencia agente, capaz de manifestar en el mundo físico aquello que capta en el imaginal. El puente entre la idea y su efecto en el mundo.
La Imaginación Activa trabaja con imágenes que la mente trae consigo y que, al encontrar correspondencia en el mundo físico, despiertan en él formas latentes, que a su vez interfieren y cambian esas imágenes de la mente. Es un bucle de retroalimentación. Conforme van pasando los años y estiro cada vez más los límites de mi experiencia humana, me doy cuenta de que somos creaturas semióticas precisamente porque mediante el ejercicio de la mente, particularmente de la imaginación activa (ie. símbolos, representaciones, mitos), significamos y alteramos la realidad en la que vivimos, desde nuestros entornos más íntimos hasta los relatos que sustentan civilizaciones enteras. La significación, en este sentido, sitúa a la experiencia: vuelve algo próximo, lejano, accesible, vedado. Esto es lo que significa el poder de la mente.
Es lícito afirmar, entonces, que el intelecto humano y el mundo físico, al estar en esta comunicación imaginal, deben compartir un substrato ontológico. Nada me parece más contrario al sentido común que pensar que los seres humanos de alguna manera estamos separados de la naturaleza, o que la mente está separada del cuerpo. La experiencia de los glaciares me dio la certeza de que ese azul es el mismo que refulge en mi espíritu. Pudieron comunicarse conmigo precisamente porque estamos hechos ellos y yo de la misma substancia esencial, substancia espiritual, substancia material, que a fin de cuentas es uno y lo mismo.
Materialismo e idealismo preservan la misma escisión: uno elige la materia y expulsa la mente; el otro privilegia la mente y vuelve secundaria la materia. Ambos producen cisma en nosotros mismos y en la percepción de la realidad. ¿Y si los panpsiquistas tenían razón? Tiene todo el sentido del mundo pensar que fisicalidad y subjetividad vienen al mundo simultáneamente, que ambas expresan una realidad integrada más básica que las contiene a las dos sin agotarse en ninguna.
Lo interior se vuelve así acontecimiento exterior, y la imaginación aparece como el órgano de esa co-respondencia, la llave imaginal con la que el espíritu entra en diálogo con un mundo que viene a nuestro encuentro.
Corbin adopta el término latino mundus imaginalis para diferenciarlo de “lo imaginario” precisamente porque, para el occidental, lo imaginario es sinónimo de lo utópico, lo fantástico, lo que no existe. Tan es así que en francés a la imaginación se le conoce coloquialmente como la folle du logis: la loca de la casa. Mitos, sueños, visiones, cuentos de hadas, el contenido del inconsciente… todo ello cae entre las rendijas de las categorías modernas (la percepción sensible y el entendimiento abstracto) porque ninguna de las dos puede sostenerlo como real. Los sentidos sólo reconocen aquello que se presenta como objeto empírico y el intelecto aquello que puede reducirse a concepto. Lo imaginal, que posee forma y figura sin pertenecer por completo a ninguno de esos órdenes, queda entonces sin lugar, y si queda sin lugar pues claro que deja de acontecer y se convierte en ficción. Sin imaginación y sólo con los sentidos y el entendimiento, el mundo es gris y mudo, el mundo está muerto. El glaciar es un evento puramente hídrico. Hay que restituir la imaginación.
Cuando se presenta una idea ante la mente, especialmente si es insistente, me parece más conducente preguntarnos a dónde conduce en lugar de de dónde viene. Esta segunda indagatoria nos va llevar a una sucesión causa-efecto de hipótesis que, si bien puede ser un ejercicio auto-reflexivo importante, es sumamente limitado. Preguntar de dónde vienen las ideas es equivalente a colocarlas enfrente de uno como un objeto que debe ser explicado, anteponiendo el yo a la naturaleza pura y heráldica del espíritu (que incluye pero no se termina en el yo). En cambio, preguntarnos a dónde nos llevan es algo que nos saca de nosotros mismos y nos pone en contacto directo con el mundo. Esta es una indagatoria con dirección y expansividad, con propósito. Las imágenes de la mente, del espíritu, no necesitan ser explicadas por nosotros, ellas mismas son el principio de la explicación.
Por eso hay que estar atentos al mundo y sus intimaciones, ya que son las anunciaciones de nuestro propio espíritu; spinozianamente, de nuestro conato.
Así, pregunté: ¿hacia dónde me lleva esto?, preparada para seguir el camino de ese llamado como quien sigue las instrucciones de un mapa del tesoro, a través de aventuras y adversidades, a los confines del globo terráqueo y, a su vez, a los confines de mi interioridad.
Los glaciares conservan y perduran a partir de un elemento esencialmente mutable, el agua. Son archivos de tiempo que se desintegran, gigantes viejos y prístinos que no obstante remiten a una infancia del mundo, un terreno distinto a éste, cambiado irreconociblemente tras presiones, fracturas, desplazamientos, vidas y muertes a lo largo de miles y miles y miles de años. En ellos, la eternidad literalmente se halla cristalizada. El sol los alumbra y su interioridad brilla para mí. Ahora los comprendo.
Cuando uno tiene un despertar de la consciencia se da cuenta de que el mundo también está dotado de consciencia, y así es como se abre la interioridad de las cosas. La búsqueda del conocimiento se convierte entonces en un encuentro con ese mundo despierto y con todo lo que hay en él, incluido uno mismo. Te das cuenta de que todo es participación y manifestación. Encontrarse con otros implica re-conocimiento: verse en el otro y al mismo tiempo ver su diferencia. Y de ese reconocimiento nacen el respeto por la integridad del otro y una preocupación por su destino, que a fin de cuentas está implicado con el propio. En su sentido tradicional, el conocimiento busca explicar y forzar la apertura del misterio de la naturaleza ajena; el encuentro, por su parte, busca entrar en relación y conserva intacto ese misterio. Eso es el despertar de la consciencia del que hablo.
El yo existe porque se extiende hacia el mundo, se implica en identidades ajenas y se deja transformar por ellas. Nuestro deseo de ser es, en el fondo, deseo de mundo, y el deseo de mundo es, a su vez, amor por él.
Por eso enamorarse tiene algo de experiencia metafísica: uno se enciende y el mundo se enciende con uno. El amor por el mundo es una forma de conocimiento que compromete nuestro destino con el de aquello que hemos encontrado. Y así fue para mí; después de haber visto al glaciar en su ángel, mi vida ya no sería la misma.
La Ley 27.804 pregunta qué función cumple un glaciar y protege únicamente la parte traducible a utilidad: aquello que puede cuantificarse, compararse y presentarse como reserva hídrica relevante. La interioridad del glaciar queda administrativamente anulada mediante un procedimiento que la vuelve irrelevante. Su realidad se reduce a la fracción capaz de comparecer como evidencia.
La iniciativa del Gemelo Digital Social realiza una operación semejante sobre las personas. Movimientos, transacciones, registros médicos, búsquedas, relaciones y hábitos alimentan un sistema destinado a simular comportamientos y anticipar decisiones. Son trazas capaces de revelar patrones de conducta para planificar y, en el mejor de los casos, implementar mejoras sociales. Pero no podemos dar por hecho que el mejor interés de las sociedades sea la prioridad de quienes impulsan estas iniciativas. Más importante aún, hay un resquicio en aquella lógica: esas trazas digitales son apenas las sombras cuantificables de los seres humanos que pretenden representar. La lógica acumulativa hace creer que es posible abarcarlo todo y reunirlo (para controlarlo) en un mismo lugar, pero esas sombras jamás serán equivalentes a la interioridad, honda y ramificada, de los sujetos que las producen.
La misma civilización incapaz de reconocer el ángel en el glaciar desconoce también la interioridad de una persona, lo ángelico del mundo entero, por decirlo llanamente.
La reducción ontológica precede al despojo. Primero se vacía de significado; después se extrae. El hielo se convierte en recurso, la montaña en yacimiento, el cuerpo en superficie legible y manipulable, la vida en una suma de variables. La Gran Máquina que es el sistema nos va a tratar como materia muerta a menos que le insuflemos nuevamente espíritu a la materia, devolviéndole la vida al mundo y a nosotros mismos.
Creo que el glaciar ofrece una imagen aún más potente. Está enteramente expuesto: fotografiado, perforado, medido, recorrido por radares, observado desde satélites, convertido en modelos y registrado en cada una de sus variaciones. Encuerado ante mí por el mismísimo sol. Y aún así, resulta inexpugnable. A mí me consta que puede saberse todo lo cuantificable de un glaciar y aún así no conocerlo en absoluto. El espíritu sólo es inexpugnable en la medida en que lo reconocemos.
Así es como el glaciar se convirtió para mí en una hierofanía de la interioridad bajo vigilancia total. Incluso la exposición absoluta no garantiza la posesión absoluta. Una cosa puede encontrarse enteramente a la vista y conservar intacta su esencia y profundidad.
Pensémoslo así: la vigilancia opera en el plano cuantificable: un corte, una proyección, una rebanada plana de la realidad. Concedido, acumular esas proyecciones permite mapear con cada vez mayor precisión el comportamiento humano, pero no alcanzar la dimensión interior, que pertenece a un régimen ortogonal al de la medición y la captura y, precisamente por eso, se le escapa.
Teresa de Ávila expresa esta diferencia mediante la topología del castillo. Para ella, el espíritu es un castillo (imaginal, por supuesto) de numerosas moradas, cada una una rosca más honda en el caracol de la interioridad. Podríamos pasar la vida entera en la ronda exterior, entre ruidos, animales y fuerzas tentadoras, sin llegar a habitarlo nunca, ignorando las habitaciones más elevadas y más alejadas de la entrada. El acceso depende de una práctica interior. La interioridad pertenece a un régimen de ser inaccesible a simple vista, incluso para uno mismo, y exige consciencia, disciplina y sacrificio. Hay en esa morada interior desvanes, sótanos, animales, fantasmas y habitaciones clausuradas; bodegas de miedo, humillación, narcisismo, automatismos, apetitos sin fondo y deseos de venganza. Ordenarla exige mirar todo eso y retirarle el gobierno secreto de nuestra conducta.
Sin cultivo, esa morada está llena de eco. Me hace pensar en la demencial casa de House of Leaves, un lugar solo, enfermo y desgarrador. La sobreestimulación, el ruido constante y la fragmentación de la atención vacían el campo de aproximación y encierran a uno en su mente, convirtiéndola en prisión.
Autobiography of Red de Anne Carson me ha acompañado todo este año. Inside is mine dice Geryon, el protagonista de esa bella historia, para sobrellevar las adversidades de su vida, inside is mine. Lo repetí tantas veces yo también, como un mantra. Frente a la angustia, Palantir, Big Tech, las guerras, el autoritarismo tecnológico, la incertidumbre, frente a todo lo que pasa en el mundo, imaginaba un castillo a la orilla del mar, una cabaña en el bosque, un santuario, una biblioteca, un lugar de paz y sabiduría, un lugar mío y sólo mío, adentro. Un espacio inconquistable.
La frase en el fondo soy libre puede ofrecer una coartada perfecta para tolerar la devastación exterior, pues conserva una reserva privada y plena de sentido mientras el mundo continúa siendo capturado y destruido. Convertida en refugio pasivo, la interioridad se vuelve una tecnología de adaptación al mismo orden que pretende resistir. Por eso su potencia aparece cuando el cultivo de la interioridad transforma verdaderamente la atención, el deseo, la conducta, y devuelve esa transformación al mundo. El cultivo del adentro es tan valioso porque desde ahí puede transformarse el afuera. Por eso recibe un ataque tan total.
La guerra, la soledad, el desarraigo, la desacralización y la tecnología al servicio de la Máquina y el Capital forman parte de un ciclo histórico que excede las voluntades singulares. El espíritu humano, como el agua, encontrará la medida y el cauce de este, su tiempo. Esto vuelve más urgente la pregunta: ¿cómo debemos vivir?
De cierto modo, hay que aprender a ser un guerrero adecuado para este siglo. Vivir con valentía y verdad, una vida de sustancia, de responsabilidad. La lucha de este guerrero es contra lo peor de sí mismo y por lo mejor del mundo, actúa en defensa del amor en el que tantas veces fracasa y su arma más eficaz es el sacrificio de la parte que necesita dominar, reaccionar, tener siempre la razón. Cultivar la atención, ordenar la casa interior, ir al encuentro del mundo, domar a la bestia. Pienso que de eso se trata el ejercicio de la condición humana.
Por diseño nuestra especie ha sido dotada con una capacidad mental extraordinaria, ¿para qué la vamos a usar? La inteligencia y la vida no pueden servir para la destrucción, me rehúso a pensar que esos son el uso y la expresión más altos de la consciencia. Teresa de Ávila tenía razón: el acceso a la morada interior es difícil. El error es humano. Pero, ¿qué hacemos cuando erramos? ¿Cómo enmendamos el daño que hacemos?
Hay una escena recurrente en los textos funerarios egipcios conocida como Juicio final o Pesaje del corazón. El muerto se presenta ante Osiris y Anubis pesa su corazón (espíritu) contra la pluma de Maat, diosa de la verdad, la justicia y la armonía cósmica. Para los egipcios, el corazón era la sede de la inteligencia, los sentimientos y los actos: en la balanza está, pues, la manera en que se ha vivido. En ese momento lo que quieres es que tu corazón sea tan ligero como la pluma.

Haber pensado ese viaje al sur del continente como un llamado, al glaciar como un ángel y lo que recibí como una llave es semiosis de mundo en tiempo real: un acto de significación que modificó el curso de mi experiencia y orientó mi acción. Estoy convencida de que, mediante el trabajo de la mente –la imaginación activa y la toma de consciencia; la diligencia, el sacrificio– podemos ser los magos del mundo. Hace falta atrevernos a imaginar algo nuevo. Nada cambia si nada cambia.
La llave que me dieron los glaciares no abrió una puerta para refugiarme del mundo, abrió el mundo mismo. Me enseñó que el espíritu no está preso dentro de la materia, sino que la materia es una de sus formas; que el cuerpo no es una carga sino el lugar donde el encuentro ocurre; que el adentro no empieza y por lo tanto tampoco termina en los límites de la piel. De todos los lugares a los que pude haber ido, fui a buscar esa llave a uno que quizá luego no exista. Fue un privilegio. Aprender a reconocer el mensaje de los ángeles cuando aparece y, una vez reconocido, hacerse responsable de su destino, destinos gemelos, el de uno y el del mundo. El despertar de la consciencia es un camino de no retorno.
