Pactos de sangre, Sor Juana y las trampas de la fe


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Dos buenos amigos se casan pronto y quieren hacer un pacto de sangre el día de su boda: dos vasitos pequeños, colgados como collares, con la sangre del otro. Al parecer hay alguien en México que brinda el servicio. Les gusta lo gótico y lo vampiresco (a mí también), pero el gesto va más allá de la estética. Tiene algo de subversivo en un mundo donde el amor, en teoría, es infinitamente reversible. El ghosteo, las apps de citas (minas interminables de posibilidades sexo-afectivas), el miedo al compromiso, el divorcio. Las palabras del voto matrimonial son las mismas que siempre han sido y sin embargo algo en ellas grita imperdurabilidad.

Sangre vs. tinta. La tinta es secular, universal, objetiva, y eso la vuelve impersonal. Tiene grados de distancia respecto de uno. Pero la sangre no. Es el cuerpo mismo en estado líquido y exteriorizarlo significa una expiación, un sacrificio de, literalmente, la fuente vital. La sangre es símbolo de una promesa que no se rompe porque en ella se juega la vida. Por eso entregarlo dice algo que ninguna otra firma con ninguna otra tinta podría: mi cuerpo entero y mi vida están comprometidos en esto. 

Poca gente sabe que Sor Juana Inés de la Cruz fue forzada a renunciar al ejercicio del saber –las letras, el estudio, el pensamiento– y que firmó su renuncia con sangre, las palabras: “Yo, la peor de todas, Juana Inés de la Cruz”, en un acto dramático y voluntario, pues no era requerido de ella, que responde a una antigua tradición de misticismo extremo y penitencia, el cuerpo como ofrenda. Pero el gesto no se agota en su contexto, dice algo más. ¿Fue un pacto con Dios, consigo misma, o con el silencio? La firma en sangre colapsa las tres. Es, literalmente, firmar consigo misma — y sólo así, a su vez, entregarse a Dios. 

En este sentido el pacto de mis amigos y la firma de Sor Juana son el mismo gesto: sangre entregada como prueba de un compromiso indisoluble. Recuerda al mito del vampiro: quien entrega su sangre recibe a cambio la inmortalidad. Pensaba en esto y me pregunté seriamente cuándo había sido la última vez que yo hice algo con esa clase de entrega y convicción, pregunta que extiendo a cualquiera de nosotros – mis amigos son un caso salido directamente del siglo decimonónico, par de vampiros enamorados. Con esa pregunta rondando llegué a Las trampas de la fe de Octavio Paz. Me jaló desde el título, me prometía un secreto. Llevaba años en mis estantes y conocía su contenido, la polémica en torno a él y a Paz. Esperaba, supongo, que me llamara algún día. Sí lo hizo y sí tenía un secreto para mí.

El mejor lugar para empezar  es el prólogo. El misterio en torno a Sor Juana, las preguntas de Paz, esta frase: el poeta, el escritor, es el olmo que sí da peras. Pensé: sí, es cierto, y me reconocí, con orgullo, en esa estirpe. Este libro llegó a mí en un momento en que mi compromiso con el saber y con las letras se ha vuelto una necesidad existencial, absoluta e ineludible. Por ese compromiso haría un pacto de sangre.

Las obras no responden a las preguntas del autor sino a las del lector, advierte Paz enseguida. La frase es también el mejor argumento para releerlo hoy: cuatro décadas después de su aparición, esta lectora trae nuevas preguntas. Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe es –y seguirá siendo durante mucho tiempo– el estudio más ambicioso jamás escrito sobre la décima musa (aunque no el único ni el último): 673 páginas que conjugan biografía, crítica literaria, historia de las mentalidades, análisis psicoanalítico y reconstrucción del barroco novohispano en una arquitectura de vasos comunicantes. La obsesión de Paz venía de lejos: arrancó con un breve ensayo en 1950 y desembocó en este libro monumental escrito durante años de asaltos intermitentes. Ha sobrevivido a su autor y a su siglo.

La palabra que Paz elige para abrir el libro es seducción. Sor Juana misma, su vida y su obra, tienen resonancias a un tiempo intelectuales y sensuales, nos dice. El propio Núñez de Miranda, el confesor jesuita de la monja, se regocijaba de que hubiera tomado el velo: decía que no había mayor azote que se quedase Juana Inés en la publicidad del siglo. Me temo que el destino tenía planes perversos: cuatro siglos después, el nombre del confesor sólo se conoce por el de ella, publicidad definitiva de su siglo. La obra se anuncia, modesta y enormemente, como una tentativa de restitución: devolver a Sor Juana a su mundo –la Nueva España de finales del XVII– y simultáneamente restituirnos a nosotros ese mundo a través de ella. Los tres enigmas que Paz se propone descifrar son los que han intrigado siempre a los lectores de Sor Juana: por qué tomó el velo siendo joven y bella, cuál fue la verdadera índole de sus inclinaciones afectivas y eróticas, y por qué renunció a las letras en plena madurez intelectual. Preocupaciones todas, como ha quedado establecido por la crítica de estos tiempos, de talante paternalista. Volveré sobre esto.

Paz transita entre psicoanálisis, estilística, formalismo e historia sin subordinarse a ninguno — eclecticismo que tiene su espejo en la propia Sor Juana, quien quiso abrazar con profundidad los temas y las ciencias que formaban el núcleo de la cultura de su tiempo, buscando los nexos entre conocimientos más dispares. Ella lo sabía: una cadena dorada eslabona los saberes del mundo.

Las páginas dedicadas a Juana Ramírez –la niña antes de ser monja– son de las más vívidas del libro. Sabemos poco de su infancia, apenas lo que dejó vislumbrar en la Respuesta a Sor Filotea: que no comía queso porque le habían dicho que entontecía, y el deseo de saber le ganaba al de comer. O que a los siete años pidió a su madre que la enviara a la universidad disfrazada de hombre; ante la negativa, se consoló con la biblioteca del abuelo Pedro Ramírez —erudito propietario de Panoayán, cuya colección incluía una antología de poetas latinos editada en Lyon en 1590 con la firma de la niña en la primera página: ‘JHS de Juana Inés de la Cruz, la peor‘—. Leyó toda la biblioteca. O que para aprender gramática se cortaba cinco o seis dedos de pelo y se los volvía a cortar si no había aprendido la lección, pues no le parecía que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias. Niña que juega sola, niña que se pierde en sí misma, niña curiosa, escribe Paz: ése fue su signo y su sino, la curiosidad.

The White Owl de William James Webbe; La novicia de Jorge Sánchez Hernández

Paz lee estos episodios –el corte de pelo, la solicitud de vestirse de hombre, la sublimación del deseo en la lectura– como intentos de virilización. Su tesis, elegante, es también problemática: patologiza como neutralización de sexo lo que era agencia dentro de un sistema de exclusión. Lee síntoma donde hay táctica. El saber era un territorio tan brutalmente acaparado por los hombres que acceder a él requería, literalmente, disfrazarse. La virilidad es un disfraz impuesto a Juana Inés por la sociedad, concede el propio Paz, y luego añade, en una grieta reveladora: pero lo que sorprende en su poesía y su carácter es, precisamente, la conciencia aguda de su feminidad, que en unos casos va de la coquetería, en otros de la melancolía y en otros se presenta como un desafío a los hombres. Ahí está el quid de la monja-poeta: la mujer desafiante.

La celda de San Jerónimo fue el único espacio donde una mujer de su inteligencia podía ejercerla sin pedir permisos. Y no era una celda espartana. Sor Juana llegó a tener cuatro mil volúmenes y con ello la biblioteca privada más grande del virreinato; instrumentos musicales, mapas, astrolabios. Recibía visitas en el locutorio, mantenía correspondencia con virreyes, escribía respuestas líricas a la marquesa María Luisa Manrique de Lara (Lysi en sus poemas, una de las relaciones más enigmáticas y eróticamente cargadas de la literatura colonial). La celda fue su república, su república del espíritu, lo que Paz llama, en una de las frases más memorables del libro, la casa del lenguaje: una casa que no está poblada por hombres o mujeres sino por unas criaturas más reales, duraderas y consistentes que todas las realidades y que todos los seres de carne y hueso: las ideas.

Aquí es donde Las trampas de la fe resulta al mismo tiempo indispensable y limitado.

Indispensable porque nadie ha trazado con tanto rigor el mapa de las fuerzas que rodearon a Sor Juana. Paz introduce a sus lectores terribles: el arzobispo Aguiar y Seijas, misógino que no permitía la entrada de mujeres a su palacio, y Núñez de Miranda, jesuita severísimo cuyo combate contra los impulsos vitales era tal que deliraba como un amante en su afán de mortificación. Paz lo retrata como un hombre al que jamás le apasionó la complejidad y ambigüedad de los otros y, en ese sentido, el más profundo, jamás los amó de verdad. Su conocimiento de las almas era un conjunto de recetas, fórmulas y técnicas para moverlas y manipularlas; era un pescador de almas, concluye Paz. Así, la obra de Sor Juana se erige entre prohibiciones, flor entre espinas, un decir rodeado de silencio.

Pero limitado porque Paz lee a Sor Juana con los arquetipos que conoce: los del héroe solar que transgrede y cae. La figura tutelar del libro es Faetón –el bastardo de Apolo que roba el carro del Sol y es fulminado por Zeus–, a quien Sor Juana convirtió en protagonista de su poema Primero sueño. Para Paz, Faetón cifra su condición: el conocimiento es una transgresión cometida por un héroe solitario que luego será castigado. Este castigo es, paradójicamente, su gloria. Su famosa extrapolación a los intelectuales del siglo XX, transformados en acusadores de sí mismos bajo regímenes totalitarios, es políticamente brillante. Paz, claro, entre ellos. El arco de la transgresión, el castigo y la gloria es, antes que el de Sor Juana, el suyo. Vuelvo entonces sobre el paternalismo: las tres preguntas con que Paz inaugura el libro encajan demasiado bien con la figura de Faetón. Tres enigmas a resolver, tres sospechas, tres formas de no aceptar que las decisiones de Sor Juana fueron, posiblemente, soberanas. Pero esa lectura cae en una trampa. Otro es el viaje de la heroína.

El propio Paz convoca esta otra imagen, aunque luego la abandona: Se despliega y, como en la figura del caracol, se repliega: Juana Inés construye su casa espiral –su obra– con la sustancia misma de su vida. Cada vuelta es un ascenso hacia el conocimiento y cada vuelta la encierra más en ella misma. La imagen del caracol termina por desvanecerse: Sor Juana está sola en la inmensa explanada de su sueño lúcido. Impensable un caracol que va cayendo desde el cielo. 

El caracol se repliega en su interioridad y en ese repliegue, se expande, rosca y enrosca, una arquitectura perfecta, lleva su casa consigo. El propio Paz registra, páginas antes, una observación afirmativa del movimiento del caracol: Sor Juana quiere ampliar los límites del saber para la mujer, y en esto no cede. Aunque su rebelión no es declarada, tampoco abdica: avanza con prudencia, se retira, vuelve a avanzar. El caracol es también Scheherazade –otra ingeniosa mujer de palabras–, gana terreno paciente y sigilosamente, una noche a la vez, infiltrada en un mundo masculino, intentando salvar su libertad, salvar su vida.

En Las trampas de la fe el lector atento descubre, proyectadas sobre Sor Juana, las claves de la autobiografía intelectual de Paz: el poeta-intelectual del siglo XX reconociéndose en la poeta-intelectual del siglo XVII. La empatía es la gran virtud del libro, pero también su principal sesgo. Paz la ilumina con extraordinaria brillantez y, al mismo tiempo, la lee a través de sí mismo: la ve caer como Faetón porque así es como él concibe en ese momento la grandeza intelectual: solar, vertical, trágica. Justo es decir que Paz no ignora este riesgo: lo confiesa en la primera página, al advertir que las obras responden a las preguntas del lector, no del autor. Pero nombrar la trampa no basta para esquivarla. Es llamativo: el Paz posterior a la India –el de Ladera este, el de Árbol adentro– ya se movía hacia la circularidad y la interioridad en su propia poesía. Pero al leer a Sor Juana recae en el arco solar. Ello es prueba de la fuerza de gravedad de las trampas, que operan, a veces, en la inconsciencia. Por eso pienso que Las trampas de la fe es finalmente otro de sus laberintos solitarios. Pero este es un laberinto de espejos, artefactos tan queridos por Juana Inés. La inteligencia, incluso la más brillante, puede quedar atrapada en sus propios arquetipos.

Un documento cambia decisivamente la lectura del capítulo final: la Carta de Monterrey, descubierta en 1980 e incorporada por Paz en la tercera edición. Dirigida a Núñez de Miranda hacia 1682, revela que fue ella la que terminó la relación con su confesor primero. Con ironía que raya en el sarcasmo, le pregunta si acaso la literatura es obstáculo para la salvación, y si él, cargado de letras, cree que se salvará. Si Sor Juana tuvo el coraje de desafiar a Núñez una década antes de su silencio final, entonces el Yo, la peor del mundo, Juana Inés de la Cruz firmado en sangre para constatar su renuncia a las letras, no puede leerse simplemente como derrota. Es más bien la rendición de quien ha comprendido que el juego que le proponen no vale la pena ganarlo en los términos planteados y que el único territorio inexpugnable es el interior, aquella república del espíritu que Sor Juana había instaurado desde la infancia.

Si la Carta de Monterrey prueba que Sor Juana no fue derrotada en el plano político, el Primero sueño prueba que tampoco lo fue en el intelectual. Sólo una cosa me acuerdo haber escrito por mi gusto, confiesa ella —y esa cosa es, según Paz, la más radicalmente moderna de su obra: la primera vez en la poesía hispana en que el alma se queda sola; los intermediarios sobrenaturales y los mensajeros celestiales que nos vinculaban a otros mundos se han desvanecido. El viaje del alma mientras el cuerpo duerme, mientras nadie vigila, mientras los lectores terribles no pueden intervenir. El acto de interioridad por excelencia: un poema escrito por gusto en un mundo donde todo lo demás se escribía por encargo, por obediencia o por supervivencia.

Los lectores terribles creyeron ganar. Núñez de Miranda y Aguiar y Seijas pensaron que habían devuelto a Sor Juana al lugar que le correspondía: el silencio. El pacto de sangre cumplió su promesa: el cuerpo a cambio de lo inconfiscable, una suerte de inmortalidad. Para Sor Juana ese castigo es una consagración, escribe Paz. En esa frase está, escondido como caracol en su concha, algo más: un cambio de paradigma: de la conquista a la comunión, del dominio a la soberanía, de la sed de conocimiento a la saciedad de la sabiduría. Una consagración. La historia la absolvió a ella.

El código de lo decible cambia de investidura pero no se disuelve. La burocracia de prelados y jueces que amordazó a Sor Juana ha mutado y ruega la pregunta: ¿Cuál es el código de lo indecible hoy? Pienso que quizás hoy lo indecible es la quietud, todo aquello que no produce, que no se mide, que no se exhibe. Lo que crece y decrece según su ritmo y antojo.

Octavio Paz escribió el libro más importante sobre Sor Juana Inés de la Cruz, aunque no el único ni el último: Jorge Gutiérrez Reyna, en La invención de sor Juana (2026), reconstruye cómo su fama fue en sí misma una obra colectiva de editores, virreinas y cómplices. Así, la poeta no fue un genio solitario sino un nodo en una red, vinculada, un tanto distinto de la lectura de Paz y acaso la prueba más elocuente de que el viaje no fue hacia arriba sino en espiral, interno y expansivo a la vez. En realidad, Paz también escribió, sin saberlo, un libro sobre sus propias trampas. Pero las trampas de Paz no son únicamente suyas, él las hereda. Es una entre muchas maneras de pensar la grandeza intelectual y sus posibles transgresiones. Al toparse con una inteligencia que se mueve de otro modo, no encuentra cómo nombrarla salvo proyectándole su propio arco. Me pregunto, entonces, ¿cuáles son mis trampas? Y pregunto, también, a mi siglo: ¿cuáles son las trampas de tu fe?

La tradición occidental ha narrado la historia como un ascenso: salir de la caverna, escapar de la madre, vencer la materia. En ese relato lo femenino queda del lado de lo que debe ser superado, y la mujer aprende, por necesidad, el arte del disfraz: imitadora, infiltrada, sirena.

Las sirenas emergen del agua –lo húmedo, lo profundo, el inconsciente, todo aquello que la tradición ha entendido como femenino o, simplemente, lo que escapa al control de la razón– y seducen con su voz: con el canto, con la palabra, el arma que Sor Juana empuña. Los hombres de Odiseo tenían que taparse los oídos con cera o amarrarse al mástil –una verticalidad de madera, razón firme erigida sobre cubierta– para no dejarse arrastrar a las profundidades. El miedo no es a la muerte sino a la disolución, a perder la forma, a fundirse con lo informe. Es como si la sirena fuera la criatura que habita en el caracol: la voz que sale, la espiral que invita o seduce hacia su centro según la intención o intensidad. Lo que el héroe solar no puede oír sin caer (en la trampa). Faetón no se atreve a descender; los marineros se atan al mástil. Ambos huyen del mismo movimiento, del repliegue hacia adentro, del descenso y la disolución. Núñez de Miranda y Aguiar y Seijas fueron, en este sentido, los marineros más consecuentes de su siglo: dos hombres que movieron cielo y tierra para obtener la claudicación de una mujer cuya sola comunicación intelectual con el exterior les parecía, ella misma, una falta. Lo que les perturbaba no era la herejía: era la voz. Era que una mujer hablara desde las profundidades y que los hombres la escucharan.

Húndamonos en esta indagatoria, otra honda rosca del caracol; el propio Paz advierte: los pescadores de almas son temibles porque también son seductores. Entonces, un seductor es un subversor que convoca (vocatio) a participar de su mundo. La monja tiene un llamado (también vocatio). El poeta tiene un llamado. Ambos son internos y por lo tanto irresistibles. Un llamado verdadero se padece. El llamado del pescador de almas, por su parte, viene de afuera y lleva hacia afuera. Por eso su llamado pierde: es una trampa. El llamado verdadero no exige que uno se desplace, sino que uno se reconozca. El pescador de almas, en cambio, necesita que el otro salga de sí mismo para poder pastorearlo, vigilarlo y corregirlo. De ahí el afán de Núñez por arrancar a Sor Juana de sus libros y su pensamiento. Pero, ¿cómo vas a arrancarle a alguien su pensamiento? Ella sabía que el único territorio inexpugnable era el interior.

Por eso, la trampa más peligrosa no es la que viene de afuera, sino la que se interioriza, convirtiendo a uno mismo en guardián y prisionero. El propio Paz lo intuyó cuando escribió que la casa del lenguaje no estaba poblada por hombres o mujeres sino por ideas. Yo quisiera seguir esa pista: si en la casa del lenguaje no hay género, entonces la celda donde Sor Juana habitaba era ya un espacio sin bordes, una interioridad que disolvía la separación misma desde la cual Paz la lee. El ego, masculino en su estructura más elemental, necesita bordes, saber dónde termina él y dónde empieza el mundo. Lo femenino profundo no tiene bordes claros, se infiltra, profundiza, conecta, expande. No es que sea peligroso, es simplemente otro modo de ser. Para los lectores terribles de Sor Juana, que habían construido su identidad sobre la separación y la autoridad, sentir cerca lo femenino profundo era sentir que se deshacían. De ahí que lo vieran como amenaza. Así, no es que las trampas impidan que lleguemos a las verdades del interior, lo que impiden es que descubramos que esas verdades ya están ahí, y que el viaje, incluso el más puramente religioso o intelectual, no es hacia arriba sino hacia adentro: el viaje del caracol. Para salir de un laberinto de espejos hay que mirar a lo que el espejo apunta, es decir, a uno mismo. Paz, el poeta, al final también lo supo.En este siglo repleto de pescadores de almas, Las trampas de la fe restituye –contra toda sospecha que su título pudiera sembrar– quizá la verdad humana más importante. La más lejana, la más olvidada, también, la más íntima y accesible; aquella que reside en el alma propia, laberinto de la soledad, interminable caracol: la vía a la sabiduría, la salvación y la libertad (¡y todas ellas femeninas!) está al interior de uno mismo. Las trampas, todas, se tienden hacia afuera: piden que salgamos, que respondamos, que nos definamos en los términos del que pesca. La única respuesta verdadera es mirar hacia adentro. Replegarse. Sor Juana, vanguardista visionaria valiente, firmó con su propia sangre la única consagración posible.

El despertar del sueño de Jorge Sánchez Hernández