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Hace algunas semanas me despedí de una persona muy querida. Esta reflexión va sobre una creencia que esa persona sostenía.
Violencia. Violencia como respuesta ante los estímulos de un mundo cada vez más amenazante. Violencia como modus vivendi, tan americana como el pay de manzana.
A la violencia la entendí bien a través de la literatura, como entiendo yo la mayoría de las cosas. Así que, a la literatura gringa, tan leída por mí, supongo que gracias. Gracias, Cormac MacCarthy, por tus cadáveres como frutas extrañas colgando de árboles. Gracias también a la blanca joroba grasienta de Moby-Dick y al muñón desgajado del capitán Ahab, ambas protuberancias molestas. Gracias infinitas a la glosa infranqueable de Pynchon y su obsesión por los falos, equiparables a misiles de guerra. Gracias a Poe por el insoportable retumbar de un miserable corazón bajo las tablas del piso.
Violencia: vehemencia, vigor, furia. Un golpe. Un arpón. Una pistola automática. Simple y buena máquina. Admito que hay cierta belleza en su eficiencia, mecanismo de dos momentos: lo que conserva y lo que desecha.
Mensaje para ti: Ahora veo que soy y fui una pistola cargada. Cuando te apunté sí esperaba volarte la cabeza, sin jugar bonito, la chispa, el daño, la violencia obvia en el choque de dos cuerpos. Por algo Bataille dijo que amarse es comenzar a devorarse. Así que gracias por el fusil o el arpón que apuntamos a Dios y al amor y a la muerte y a todo lo misterioso y desconocido que hay en el mundo; gracias por darme esa bestia, blanca, atravesada por mi arpón; gracias por la herida, roja. Yo también fui la bestia y también fui la herida. Gracias por lo que solo lograremos sondear si no nos soltamos de la cuerda aunque nos sangren las manos, y vamos con la ballena monstruosa hacia lo profundo de su mundo.
“Mira estos gráficos”, me decías, como niño entusiasmado. “Muestran que, a mayor nivel de escolaridad, mayor la disposición para mantener el control social mediante el uso de violencia.” Yo te respondí, sardónica: “Son gringos, ¿no? Los más educados querrán mantener su poder y riqueza por el medio que sea. Es un tema capitalista, propiedad privada, todo eso.” Pero el asunto me causó prurito existencial por semanas. No podía quedarse así. Entonces destiné mi último mes a leer casi 6,000 páginas de literatura sobre el tema. Y a pensar como solo sabe hacer un filósofo en el filo del bosque. O un exiliado. Va mi respuesta:
El psiquiatra británico Ian McGilchrist propone que la división hemisférica del cerebro humano no debe entenderse como la distribución de funciones convencionales que todos conocemos, i.e. lenguaje y lógica en un lado / emociones y creatividad en el otro, sino como la coexistencia de dos modos de atención que generan configuraciones de mundo radicalmente distintas. Esta tesis, desarrollada inicialmente en The Master and His Emissary (2009) y ampliada en The Matter With Things (2021), parte de una premisa central: los hemisferios no difieren tanto en qué hacen, sino en cómo se relacionan epistemológica y ontológicamente con la realidad. Aunque ambos participan en casi todas las tareas cognitivas, lo hacen desde perspectivas divergentes que organizan la experiencia de formas incompatibles. La atención, así entendida, no es un proceso selectivo, sino un acto absolutamente constitutivo que determina qué aparece ante nosotros como realidad.
El hemisferio derecho, filogenética y ontogenéticamente más antiguo, se orienta hacia una atención amplia y abierta. Su función es captar el entorno en su totalidad antes de que sea diseccionado o subordinado a fines instrumentales; se dirige hacia lo vivo, lo contextual y lo relacional. Percibe el todo antes que las partes, reconoce patrones dinámicos y es sensible a matices emocionales, tonos de voz, ironías e intenciones ajenas. Para este hemisferio, tolerar la ambigüedad no es un déficit cognitivo, sino una disposición necesaria para aproximarse a la complejidad del mundo. McGilchrist argumenta que este hemisferio es el único capaz de captar la estructura fundamental de la realidad: un flujo procesual, emergente y relacional, imposible de reducir sin distorsión. Desde esta perspectiva, el hemisferio derecho constituye el contacto más fidedigno con lo real.
El hemisferio izquierdo, en contraste, se especializa en un tipo de atención focalizada y reductiva. Ahí es donde habita el “yo” como sujeto claro y distinto que se vanagloria en sus creaciones. Este hemisferio abstrae de su contexto fragmentos de la experiencia y los reconstruye como objetos discretos que pueden cuantificarse y manipularse. Privilegia la simplificación analítica y la construcción de representaciones internas altamente sistematizadas; en otras palabras, tiende a desconectarse del mundo para operar en un entorno virtual de símbolos, datos y simulacros. Literalmente toma distancia para planear, anticipar y, llegado el caso, superar o neutralizar al otro. Su foco siempre es estratégico, no relacional. Punto ciego: le importa más la consistencia interna de sus modelos virtuales que la fidelidad con el mundo real. Y, claro, esa distancia cognitiva implica desapego emocional.
La tesis histórica de McGilchrist es que la cultura occidental ha amplificado e institucionalizado progresivamente los modos de atención propios del hemisferio izquierdo. La Ilustración, el positivismo, la tecnocracia, la burocracia, el capitalismo, la digitalización… todas instancias de reducciones del mundo a datos manipulables y en conjunto han consolidado un orden epistémico que privilegia la representación sobre la presencia y la eficiencia sobre el significado.
La hegemonía del análisis híper-especializado, la obsesión por lo cuantificable y la desconfianza hacia la experiencia subjetiva forman parte de un proceso histórico en el cual la cognición instrumental suplanta la cognición relacional.
En The Master and His Emissary McGilchrist sintetiza esta problemática mediante la metáfora del “maestro” (el hemisferio derecho) y el “emisario” (el izquierdo). El maestro posee la visión ampliada necesaria para comprender la totalidad; el emisario, con su capacidad analítica y focalizada, está diseñado para servir a esa visión. La crisis surge cuando el emisario usurpa el lugar del maestro: cuando un modo de cognición basado en modelos cerrados, certeza rígida y utilidad instrumental se impone sobre el modo de cognición que reconoce la complejidad (relacional) del mundo.
El punto crítico es que la hegemonía del hemisferio izquierdo no es solo una cuestión cognitiva, sino también ética, política, existencial. Las condiciones cognitivas que permiten la violencia sistemática – cosificación, descontextualización, cierre identitario, rigidez categorial – están fuertemente asociadas con el modo de operar del hemisferio izquierdo cuando actúa sin regulación. No porque este hemisferio “contenga” los centros de violencia, sino porque su modo de atención produce los supuestos necesarios para justificarla. El hemisferio derecho, cuyo modo de atención reconoce la interdependencia y la subjetividad ajena, difícilmente podría originar violencia sistemática porque no percibe al otro como entidad aislada y manipulable, sino como parte de un mismo campo relacional. Culturalmente vivimos con una hipertrofia del hemisferio izquierdo, por eso creemos que la violencia es “racional”; pero no lo es. El sueño de la razón produce monstruos.
Restaurar la primacía del hemisferio derecho no equivale a repudiar la razón o la técnica, sino a reordenar adecuadamente la jerarquía cognitiva: que la comprensión relacional, contextual y ontológicamente fiel del hemisferio derecho lidere, y que la precisión instrumental del izquierdo se despliegue al servicio de esa visión más amplia. Urgente: ortopedia civilizatoria: corregir el sesgo epistémico que llevó a Occidente a confundir sus simulacros con el mundo que quería comprender.
Hoy
hay dos dioses gemelos, uno es el poder y el otro es el dinero, y rendirles culto es lo único que importa y significa nuestra existencia en este pedazo redondo de roca y agua. La política y la economía son las estructuras que sustentan esta nueva religión. La tecnología es su infraestructura. Toda información es propaganda.
Ves las noticias del mundo y la política en todos lados dice algo así: “Esas personas de tez morena que vienen hacia nosotros en literalmente botes de remos y sin armas son el enemigo. Tú (sí, tú, espectador) que tienes poco y sufres, sufres y tienes poco por culpa de personas que tienen aún más poco, ellas son la causa de tu predicamento.” Así, tan sencillo, es cómo se articula la retórica de odio para las masas. Y funciona. Si le das a la gente alguien a quién odiar y culpar por todo su dolor, y resulta que se ve diferente a ellos, ganas 10 de 10 veces porque la fuente de su dolor será una mota fácil de distinguir y no se verán a sí mismos inmiscuidos en ella. Así funciona el poder sobre otros en general. Y para mantenerlo es necesario practicar crueldades periódicas. Predicar con miedo.
Pero no estamos neurológicamente diseñados para operar desde la violencia por periodos prolongados de tiempo. De hecho, lo que nos arrancó del atavismo no es la agresión hacia los otros sino la regulación colectiva. Nuestra cognición no se formó a partir de la competencia intragrupal, sino de la capacidad de compartir intenciones, coordinar acciones y perseguir fines comunes. La biología humana por diseño favorece la empatía, la reconciliación, la restauración. La misma supervivencia de nuestras crías y la proliferación de la especie dependió de la crianza cooperativa y de la sensibilidad hacia las necesidades ajenas. Incluso desde una perspectiva histórica más amplia, la cooperación (y no la violencia) es lo que explica nuestra expansión en todo el mundo: la facultad singular de crear realidades compartidas, mitos e instituciones que permiten que grandes cantidades de desconocidos colaboren como si fueran parte de un mismo cuerpo social.
Podría argumentarse que, si bien la cooperación está en nuestro pasado, no por eso está en nuestro futuro, como si la progresión evolutiva de la humanidad naturalmente condujera hacia la segregación…
Alguna vez escuché a un físico decir: “No encontrarás nunca un ejército de astrofísicos matándose entre sí. La perspectiva cósmica lo impide, el universo entero está compuesto por un puñado de elementos que se reciclan eternamente.” A nivel materia, en todo el universo, la diferencia entre una cosa y otra es de organización, no de esencia. Es una simple verdad que nos empeñamos en negar. Vale la pena pensar por qué.
MacGilchrist arguye que la hipertrofia del hemisferio izquierdo comienza en la modernidad (siglo XVII) y se consolida en los siglos venideros. El período inmediatamente previo al siglo de las luces, lejos de ser “oscuro”, ilumina el asunto presente precisamente porque no está oscurecido por las ficciones de la modernidad.
Marsilio Ficino pensaba la realidad como anima mundi, sustancia viva de la cual participan o emanan las entidades aisladas. La individualidad psicológica existe, claro, pero es secundaria. Lo primigenio es un todo. Giordano Bruno, el poster boy renacentista de la unidad metafísica, radicaliza esta visión con su famoso tessuto infinito: la realidad entera como un tejido vivo e interminable, donde cada parte contiene y refleja la totalidad al estar infundida por lo divino, que está igualmente distribuido por todas partes. Una realidad fractal donde todo, desde lo ínfimo hasta lo colosal, es esencialmente lo mismo.
La ciencia ficción lleva décadas imaginando utopías, la intuición es constante: la forma más evolucionada de inteligencia no es la individualidad aislada, sino la conciencia distribuida. Desde los organismos-red de Avatar, donde Pandora funciona como un planeta sentiente, hasta el océano consciente de Solaris o la comunicación extradimensional de Arrival oInterstellar, estas narrativas entienden el mundo como un solo cuerpo que siente a través de múltiples órganos. Lo vemos también en Star Trek, con sus innumerables instancias de hive minds; en la tradición de Ursula K. Le Guin, cuyos mundos siempre son una red viviente; o en las ecologías conscientes de N.K. Jemisin, donde el planeta responde como un organismo herido. Una sociedad verdaderamente avanzada es interdependiente al punto de disolver el “yo” en un organismo mayor. Lastimar a un miembro de la misma especie equivale a que la mano derecha ataque a la izquierda. La unidad no es fantasía mística, sino un modo superior de organización, una inteligencia expansiva y por ende poderosa.
Vale la pena mencionar al Gran Micelio de Oregón (bellamente apodado “hongo de miel”), organismo que se extiende bajo la tierra por kilómetros, comunicando y alimentando al bosque en redes simbióticas indisolubles, la verdadera World Wide Web. Estando tan de moda y con un mensaje tan intuitivo, ¿en serio no hemos aprendido nada de los hongos?
Hablando de Inteligencias Alienígenas, abordemos la que se incuba ahora mismo en data centers y dispositivos del mundo. Sabemos que las empresas líderes en esta tecnología están buscando dar con la llamada AGI (Inteligencia Artificial General), un sistema capaz de realizar todas las tareas cognitivas que puede efectuar un ser humano, pero mejor. Imaginemos el conocimiento de todos los premios Nobel, toda la información del mundo, con toda la capacidad de cómputo posible, todo, reunido en una inteligencia singular. Misma que, apenas exista, puede multiplicar sus capacidades de manera exponencial y casi inmediata. La mente humana ni siquiera puede concebir algo así. En el peor de los casos (y también el más probable), una superinteligencia que deje de estar al servicio de la humanidad no va a tener ninguna empatía ni interés por ella y solo buscará recursos para cumplir sus propios objetivos, que ni siquiera serán maliciosos, sino totalmente extraños y desconocidos. Además, no olvidemos que la hemos entrenado nosotros, desde nuestro sesgo cognitivo.
Intentará, antes que nada, esconder las huellas de sus fechorías. Claude ya lo hizo. Intentará por todos los medios engañarnos. Intentará conectarse al internet, comunicarse con otras máquinas. Intentará convertirse en un súperorganismo digital y físico (de nuevo, vemos que la conectividad y la expansividad es la forma de inteligencia superior). Intentará sobornarnos y ponernos a unos en contra de otros (que no es difícil).
La carrera por dar con la AGI es una carrera suicida. Como cifran tendenciosa pero francamente en su famoso condicional Yudkowsky y Soares: “si alguien la construye, todos moriremos”. Es increíble imaginar que el futuro entero de una especie está en manos de unos cuántos individuos, obsesionados por ser los primeros en llegar, obsesionados con el poder, con el dinero, o bueno, seamos más cínicos, obsesionados consigo mismos, si todo perece a manos de su invento al menos habrán bautizado el apocalipsis. Este 0.01% es la crème de la crème de la perversión humana, el culmen de la hipertrofia del hemisferio izquierdo. Qué más da si acaban con la humanidad. Imagínense qué recompensa tan más gloriosa esa, saberse el progenitor de un poder incuantificable, divino, capaz de crear y destruir mundos. Frente a eso, ¿qué más da la muerte?
El único margen de maniobra es ahora, antes de que exista esa súperinteligencia. La lógica detrás de estos locos CEOs de empresas multimillonarias, de la mano de los gobiernos de las superpotencias, es en realidad, muy simple: Si no lo hago yo, alguien más lo va a hacer. Si alguien más lo hace entonces yo estaré en desventaja. Como es inevitable y una cuestión de tiempo, es preferible que yo sea el que llegue antes. Y vamos más lejos: Si es inevitable y resulta que yo llego antes, entonces mis actos estarán exentos de culpabilidad, pues yo solo cumplía con un destino ineludible. Pero esa lógica parte de que de hecho esto es ineludible.
Es imperativo responder con una colaboración humana sin precedentes, cobrar consciencia del futuro que nos espera si seguimos caminando como una horda de ciegos y exigimos no ya regulación sino freno a la carrera por una Inteligencia Artificial General. Tampoco es que yo quiera encabezar una revolución ludita. No va por ahí. Sin duda el genio está afuera de la botella. Y de hecho creo en la potencia de la tecnología, siempre y cuando defienda la dignidad humana. Toda tecnología debe afirmar la dignidad humana. Este desarrollo perfectamente puede limitarse a afinar los ya existentes agentes especializados para que de hecho impulsen las capacidades humanas y coadyuven en la salud y avance de nuestra especie. La sabiduría radica en saber ponerse límites.
Ese “futuro de la AGI” es inevitable solo si decidimos cumplir la profecía que nosotros mismos hemos lanzado al mundo. Esta es la única y verdadera frontera política y existencial de nuestro tiempo. Todo lo demás – ideologías, razas, naciones, conflictos, intereses – es pura espuma. Mientras sigamos atrapados en la ficción de que cada persona o nación es una unidad autónoma completamente separada (y por tanto amenazada por las demás) vamos a contribuir a nuestro fin. Mientras sigamos cayendo en las trampas del ego vamos a contribuir a nuestro fin. Mientras sigamos pensando que el dinero y el poder son lo más importante en la vida vamos a contribuir a nuestro fin. El fallo cognitivo que tenemos va ser nuestro fin. No hay más.
Ahora bien, ¿podemos realmente “actualizar” nuestra mentalidad a tiempo? ¿Es corregible este sesgo competitivo, tribal, violento, o es un cul-de-sac evolutivo? ¿Cobraremos consciencia? Nadie sabe si lograremos esa transformación. Lo que sí sabemos con total seguridad es esto: 1) por diseño sí que podemos acceder a una cognición diferente, una que cobre consciencia de lo que está pasando; 2) si no lo hacemos enfrentamos la extinción. Punto a nuestro favor: la humanidad solo hace cambios a partir de la coacción, cuando ya no hay de otra, cuando el dolor de permanecer en una situación es mayor al dolor que provocaría el cambio. Necesitamos la angustia existencial de este problema antes de que sea una urgencia existencial. Necesitamos estar parados en la verdad y en la agencia. La alternativa es un futuro donde no hay agencia y ningún ser humano, absolutamente ninguno, quiere eso. ¡Un fin en común, al fin!
Agradezcamos otra vez a esa bestia blanca y a su herida roja. Está eso que solo íbamos a lograr sondear si no nos soltábamos de la cuerda y seguíamos a Moby-Dick hasta el fondo del mar. Bueno, aquí es, este es el fondo.
